A PROPÓSITO DE ROMA/TEXTO DEL CARICATURISTA FRANCO

POR: RUBÉN FRANCO CRUZ
Mi madre es una mujer indígena otomì del Valle del Mezquital, en Hidalgo, y mi padre es un hombre rubio, originario de un ranchito de los Altos de Jalisco, y ser hijo de esa unión me ayudó a conocer desde niño el verdadero racismo, clasismo y la discriminación que se vive en Mèxico; un tema que se ha puesto de moda gracias a la película “Roma” de Cuarón. Mi mamá, al igual que mi papá, llegó muy niña a la Ciudad de México, y, al igual que la protagonista de la famosa película, y que la mayoría de mujeres indígenas, empezó trabajando de sirvienta. Por un lado, me tocó vivir el rechazo y la burla de quienes me despreciaban por ser hijo de una “india” morena y chaparrita, y el trato preferencial de quienes me envidiaban por tener un padre alto y güero. Después le tocó a mi madre vivir el maltrato social por ser una mujer divorciada; ahora, lamentablemente, las mujeres divorciadas son tan comunes que hasta las admiran, y hoy los raros son los matrimonios estables. Como la mayoría de los hijos de divorciados, me sentía culpable de esa separación, y además sentía la culpa errónea de creer que mi padre se había ido porque yo no era “güerito” como él. En realidad, su separación fue, entre otras causas, porque mi madre no soportó los celos y la presión constante de mujeres que coqueteaban con mi padre y se burlaban de ella.


Crecí con esas burlas a pesar de que en el barrio de la capital donde vivía la mayoría de la gente tenía evidentes raíces indígenas; al principio eso me provocó ser un niño retraído, después entendí que no podía “negar la cruz de mi parroquia” y que las burlas eran parte del relajo y el cotorreo, propios de la edad y el entorno; tenía que aprender a sobrellevarlo, tomarlo con humor y burlarme de ellos también; pero cuando alguien se pasaba de la raya, aprendí a solucionarlo amistosamente con unos buenos madrazos. Siempre existieron las burlas (bullying, le dicen hoy) al que es diferente: el indio, el gordo, el flaco, el chaparro, el larguirucho, el afeminado, el negro, el tímido, el narizón, el bizco, el tartamudo, el cojo, el pelón, el pecoso, el cejón, el güero, etc., y casi nadie se salvaba, todos fuimos “buleados” o “buleadores” en algùn momento, era un entrenamiento emocional que teníamos que afrontar para aprender a solucionar problemas por nuestra cuenta y convivir en sociedad. El bullying no es algo que se resuelve con leyes especiales de protección a “grupos vulnerables”, se resuelve, primeramente, inculcando desde niños que el respeto se gana respetando y que se debe respetar a TODAS LAS PERSONAS, no sólo a los “grupitos vulnerables” de moda; se resuelve aprendiendo que humillar a otros no ayuda a elevar la baja autoestima, y se resuelve, sobre todo, en el peor de los casos, propinando un buen chingadazo al hocico del buleador.


Con la recién premiada película de Alfonso Cuarón se abrió una caja de Pandora que ha dividido a México entre bandos de quienes atacan a Yalitza Aparicio, sòlo por ser indìgena, y quienes la exaltan, sólo por ser indìgena. No he visto “Roma”, y no me interesa verla, pero por todo lo que se ha mostrado en los medios, es evidente que la cinta fue hecha para complacer a la corrección polìtica gubernamental y Hollywoodense: explotar el victimismo, el feminismo y el indigenismo, que es la agenda mundial del momento, la cual todos usan para ganar simpatías, becas, empleos en los medios, la polìtica y el magisterio, y premios internacionales, como el Óscar, que en los últimos años no ha premiado la calidad cinematográfica, sino al activismo polìtico de izquierda: gays que luchan contra la “homofobia”, inmigrantes que luchan contra la “xenofobia”, mujeres que luchan contra el “machismo”, idiotas con suerte que luchan contra el sistema, negros, latinos e indígenas que luchan contra el “racismo”, etc. Mercadotecnia barata, disfrazada de “derechos humanos”. 


Los indígenas no necesitan ser considerados parte de “grupos vulnerables”, pues no son débiles ni discapacitados; tampoco necesitan que “activistas sociales” oportunistas los usen para impulsar sus nefastas agendas, como el aborto o la ideología de género. No necesitan que las feministas las “rescaten” de sus malvados maridos y las ayuden a abortar a sus hijos para “acabar” con su pobreza. No necesitan que el gobierno los “apoye” con despensas, monumentos, discursos oficiales y créditos agrarios impagables, a cambio de tenerlos como votantes cautivos para ir a mítines de campaña, transportados como vacas en camiones de redilas, o a cambio de trabajar como esclavos de por vida en el campo, sin prestaciones sociales, y malbaratando sus cosechas a intermediarios que se roban el 90% de las ganancias. Tampoco necesitan que los hipsters “intelectuales” de la Roma y la Condesa los apoyen haciéndose “indio friendly” (para sumar otra causa al “gay friendly”, “pet friendly”, “eco friendly”), y posar de conciencia social en las redes sociales, mientras en la vida real tratan a los indígenas como basura. No necesitan cuotas de “indigenismo” en las empresas para ser contratados, ni leyes que prohíban que los insulten públicamente, cuando todos lo hacen en privado. Mucho menos necesitan que los “multiculturalicen” para “modernizarlos” y “blanquearlos”, para hacerlos menos “indios”, o que todos nos “indigenicemos”, para estar parejos. Y no, insultar a los españoles y a la iglesia católica el Día de la Raza, o admirar a Benito Juárez y Yalitza Aparicio, no paga la deuda histórica que tenemos con los pueblos originarios, ni tampoco los convierte a esos “Social Justice Warrior” en “defensores de los indios”, como sí lo hicieron durante la conquista los frailes franciscanos, dominicos y jesuitas (aquellos que pertenecen a la iglesia española que tanto odian).


Los indígenas necesitan que se les reconozca como iguales, que no sean vistos como escoria social, ni tampoco como los seres divinizados e inalcanzables que los gobiernos revolucionarios nos muestran en los murales de Rivera, Siqueiros y Orozco. Necesitan, antes que nada, que sus comunidades cuenten con lo indispensable: agua, luz, hospitales, escuelas (que no sean nido de comunistas, como la mayoría de las normales rurales) y con fuentes de empleo dignas, por lo menos que el duro trabajo de campo, (que los perfumados citadinos no hacen, por considerarlo indigno) sea pagado justamente, sin intermediarios abusivos. Necesitan ser autosuficientes en sus lugares de origen para no tener que emigrar a ciudades hacinadas o a otro paìs, abandonando a sus familias, pidiendo limosna o trabajando duro con bajos sueldos y sin prestaciones, sólo para no morir de hambre en sus pueblos. Necesitan que se reconozca la importancia de su ancestral cultura para el país, que su cosmovisión del universo, su profundo conocimiento y sabiduría de la naturaleza, su lengua, sus costumbres, sus artesanías, su gastronomía, sus fiestas y vestuarios típicos sean motivo de admiración, y no de burla, para que puedan conservar su folclore y vivir dignamente de ello, con la agricultura, la ganadería, la pesca, y el turismo ecológico y cultural. De nada sirve que la UNESCO los reconozca en el papel como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, si la sociedad, en la práctica, no los reconoce ni siquiera como seres humanos.


Necesitamos echar un vistazo a nuestros traumas de nación para saber porqué negamos esa parte nuestra, ese “Mèxico Profundo” que analizaba Guillermo Bonfil en su libro y Octavio Paz en “El Laberinto de la Soledad”. El mestizaje es la esencia de nuestra mexicanidad, nacida de la unión entre La Malinche y Hernán Cortés. Yo hoy me siento muy orgulloso de ser hijo de una mujer indìgena, y tambièn de las raíces europeas de mi familia paterna, ambas son mi complemento. Espero algún día, de alguna manera, honrar con mi trabajo toda esa herencia cultural, y agradezco a Dios tener vivos y con salud a mis padres.









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